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12-01-2005
El desarrollo histórico del cooperativismo
La cooperación para la producción y goce de los bienes necesarios para la vida es una experiencia tan antigua como el hombre. Existió y convivió en el tiempo con sistemas tan opuestos como la esclavitud y la servidumbre, y fue producto a veces de la iniciativa espontánea de las comunidades y en otras de verdaderos sistemas afianzados en principios sociales o religiosos. La historia trae ejemplos de ellos en casi todos los tiempos.

Sin embargo, el cooperativismo, como práctica orgánica de un modelo empresario con los caracteres que hoy presenta, surge en el Siglo XIX como una consecuencia, entre otras muchas, de las condiciones sociales impuestas por la Revolución Industrial y el auge del capitalismo. Sus antecedentes se encuentran sobre todo en el pensamiento del socialismo asociacionista, después llamado utópico, que se expandió en Europa a principios de ese siglo, pero su desarrollo posterior se afianzó fundamentalmente en criterios prácticos que desde aquellas ideas madres buscaron encaminar la acción colectiva hacia realizaciones concretas.

El socialismo asociacionista
Al finalizar el siglo XVIII la Revolución Francesa había transformado las bases de la sociedad moderna pero su prédica del individualismo traía de la mano una ausencia de conciencia social. La reforma política abrió las puertas al liderazgo de la clase media burguesa, de por sí adherida a dogmas liberales y mercantilistas, lo que acentuó los efectos sociales de los cambios que en el ámbito de la economía venían gestándose con la irrupción del maquinismo, las reformas del régimen agrario y la consecuente concentración urbana. La Revolución Industrial se expandía por Europa.
Resultado de ese proceso fue la acumulación de las riquezas en manos de pocos y el crecimiento progresivo de una masa proletaria sometida a una crítica inestabilidad, a una pobreza sin precedentes y a una total dependencia económica de los dueños del capital. En el orden cultural se asienta un fuerte concepto economisista: el hombre es espiritualmente superior cuando lo es también materialmente. Inglaterra y su época victoriana son paradigmas de ese proceso.
En ese nuevo orden surgen teóricos sociales que promueven la unión de la clase obrera como única alternativa para reivindicar sus derechos, prédica que va encontrando eco en los trabajadores. Nacen así las organizaciones sindicales, por entonces de índole clasista, y la acción política directa con objetivos revolucionarios, generalmente dirigidos a abolir las estructuras vigentes sustituyéndolas por la colectivización de los medios de producción en manos del Estado.
A diferencia de ese socialismo colectivista o estatista, los impulsores del socialismo asociacionista rechazaban los métodos violentos y postulaban una reforma del orden económico por medio de la asociación libre de los trabajadores bajo el credo de la igualdad y la cooperación  mutua como único camino para recrear las condiciones naturales de la vida social pervertidas por el capitalismo. Eso seria posible, sostenían, creando organizaciones autónomas y autosuficientes que proveyeran a las necesidades de sus integrantes, sin  búsqueda de lucro y con gobierno democrático. 
Este socialismo asociacionista perderá vigor en la mitad del Siglo XIX, pero dejará un heredero naciente que se inspiró en sus ideas: el cooperativismo.

Los orígenes del cooperativismo
Aunque con anterioridad existieron algunas realizaciones con rasgos similares, tradicionalmente se sitúa el nacimiento del cooperativismo orgánico con la creación de la sociedad Equitable Pionniers en Rochdale, Inglaterra, constituida en 1844 por un grupo pequeño de tejedores de esa localidad. Se trataba de una entidad con caracteres de las actuales cooperativas de consumo donde los asociados dueños de la tienda eran al mismo tiempo sus usuarios, se regían por un sistema democrático y abierto, descartaban la búsqueda de lucro y admitían solo una renta limitada del capital.
El valor de esta experiencia, y lo que le permitió primero sobrevivir y luego desarrollarse, fue la adopción de reglas expresas con criterios prácticos que con el tiempo constituyeron la base doctrinaria que adoptará después todo el cooperativismo. Pronto su ejemplo fue seguido por otras iniciativas que se multiplicaron primero en Inglaterra y luego en Francia, Alemania, Italia y Suecia, para extenderse después a casi todo el continente. Uno de los factores que afianzó el crecimiento de este cooperativismo de consumo fue la unión federativa entre las entidades en lo que Inglaterra fue también iniciadora. La primera de estas uniones, en efecto, la Cooperative Wholesale Society, aparece en Inglaterra en 1863 y se constituye en proveedora mayorista de las cooperativas adheridas.
Al propio tiempo, sobre todo en Francia, nacían las cooperativas de trabajo o producción bajo diversas formas, inspiradas en la prédica de Juan Bautista Godin y la labor de Louis Blanc y de Buchez. Ya en 1884 veintinueve de estas cooperativas se unían en Francia en una confederación y en Inglaterra, los llamados socialistas cristianos, promueven la creación de estas cooperativas de trabajo logrando la sanción de una ley de sociedades industriales para protegerlas.
Por su parte, en Alemania, Hermann Schulze y Friedich Raiffeisen extienden los principios cooperativos al terreno del crédito, creando las primeras cajas de ahorro y préstamo cooperativo destinadas a los artesanos y a los campesinos que se veían afectados por la generalización de la usura. Estas cajas de crédito se extienden por el mundo mereciendo citarse a Alphonse Desjardin que en 1900 crea la primera caja popular en Quebec, base de lo que hoy son más de mil cooperativas de crédito confederadas en esa provincia canadiense. Desjardin cooperará también en la fundación de la primera cooperativa de crédito que nace en  los Estados Unidos,  en Manchester, estado de New Hampshire.
En la segunda mitad del Siglo XIX comienzan a surgir las cooperativas agrarias sobre todo en Dinamarca, Bélgica y Francia, comercializando los productos de los agricultores,  proveyéndoles de semillas y maquinarias y también elaborando después alimentos derivados. El cooperativismo agrario se expande rápidamente a Inglaterra, Irlanda, Italia, España y Estados Unidos y adquiere una importancia creciente en la vida económica de esos países. 
A fines del Siglo XIX el movimiento cooperativo es una realidad llena de vitalidad. Como expresión de ello en 1895 se funda la Alianza Cooperativa Internacional como organismo representativo del cooperativismo de todo el mundo.

La expansión del cooperativismo
Desde el inicio del presente siglo el cooperativismo fue expandiéndose por el mundo aunque sin un ritmo constante ni regular y presentando una notoria diversidad en sus diversas aplicaciones. Desde el punto de vista doctrinario surge la división entre quienes pregonan la ?soberanía del consumidor?, considerando a las cooperativas de consumo como únicas ejecutoras del proyecto cooperativo, y quienes entendían que el cooperativismo tenía su espacio en todos los roles y actividades económicas por constituir un sistema autónomo donde los núcleos eran empresas cooperativas de distintos tipos.
Por otra parte, la implantación en Europa del Este de regímenes colectivistas-estatistas restó libertad de acción a las cooperativas de esos países. No obstante, hay un progresivo crecimiento del cooperativismo a lo largo del siglo XX que ya alcanza a todos los continentes. Se introduce en Asia y Oceanía, en especial en países como Japón, Australia y Nueva Zelanda. Algunos países en estado colonial, como India e Indonesia, incorporan desde sus metrópolis las ideas y las prácticas de la cooperación y en otros países llega el cooperativismo después de su independencia. Así sucede en Africa donde su expansión es creciente. En América, el cooperativismo llega a fines del siglo XIX a los Estados Unidos y también se extiende por toda América del Sur donde las cooperativas agrarias adquieren una importancia singular en casi todos los países. En 1981 sólo las cooperativas asociadas o representadas en la Alianza Cooperativa Internacional alcanzaban a setecientas cincuenta mil entidades con más de seiscientos millones de asociados en todo el mundo.

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